julio 06, 2012

Loseta.

Hubo una revelación momentánea de la que creí por momentos volver a salir airosa. Unos días de hablar de nuevo como antes y las cosas crecieron exponencialmente. Usar el término exponencialmente sabiendo lo que digo es en cierta medida producto de aquella vieja escuela que tanto odié, pero que cada que pienso en ella me recuerda ese bonito Casio CTK-3000 que presté y no he visto desde hace unos meses...

-¿Cómo dices que es el piso de tu sala?
-Gabriel, conoces mi casa...
-Ah sí... No, no es una opción.
-No, tampoco el sofá ni las almohadas en el piso.
-Sí podría ser que... Definitivamente tenemos que planear una pijamada más cómoda.
-Igual no la vamos a hacer. Menos con pijama...
-No no creo...
-Podemos calentar unos bombones en la estufa.
-¡Sí! No... Tenemos que parar.
-No, no tenemos que. Es raro, vamos a parar, pero no porque tengamos que hacerlo.
-¿Cómo?
-Vamos a caminar mañana. ¿Te gusta Reforma?
-¿Otra vez? Sí, vamos.

Entonces terminamos sentados en el Ángel de la Independencia que mi país todavía no consigue, como nosotros, una independencia que siempre ha sido controlada por un más allá que odiamos con toda el alma, pero del que nos burlamos tomándonos de la mano a ojos de un mundo ciego. Ciertamente es una historia muy triste... Lo esencial es invisible a los ojos.

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